Veinticuatro años han pasado desde aquella mañana del 27 de octubre de 2002 cuando María Marta García Belsunce fue hallada sin vida en su vivienda del country Carmel, en Pilar. A los 81 años, Carlos Carrascosa rompe el silencio desde Luján y reafirma su fe en el reencuentro eterno con su esposa. “Voy a cumplir 82 en diciembre. No puedo creer todo lo que pasó”, confesa en exclusiva a Crónica sobre dos décadas marcadas por la lucha por justicia después de ser falsamente acusado del homicidio.
El calvario judicial que marcó una vida
Durante siete años, Carrascosa estuvo tras las rejas acusado del asesinato de la mujer con la que había compartido 31 años de matrimonio. La investigación inicial lo apuntó como sospechoso principal, una etapa que recuerda como profundamente traumática. “No lloré durante el juicio, salvo cuando declaró el encargado del comedor”, rememora con la voz entrecortada. Tras su absolución, no bajó los brazos. Mientras recuperaba su vida en libertad, continuó su reclamo para que el verdadero responsable fuera condenado.
En 2022, dos décadas después del crimen, Nicolás Pachelo fue condenado a prisión perpetua. Carrascosa sintió que cumplía con la promesa hecha a María Marta desde el primer día: encontrar justicia. Aunque la sentencia llegó cuando ya no podía compartirla con ella, representa el cierre de un ciclo de incertidumbre que lo persiguió durante los últimos veinticuatro años.
Su historia es la de un hombre que no se rindió ante la injusticia. Pasó de ser marinero mercante a agente de bolsa, construyó una vida modesta con su esposa en Buenos Aires, y terminó en la cárcel por un crimen que nunca cometió. “Nuestros amigos dicen que nunca nos vieron pelear, y es así porque no lo hacíamos”, afirma sobre una relación que describe como sostenida en el compañerismo y el afecto cotidiano.
Una vida compartida que no termina
Carrascosa la conoció cuando María Marta tenía apenas nueve años, hermana de un amigo de su mejor colega. El reencuentro definitivo llegó años después, cuando ella rondaba los 17 y él los 26. Se pusieron de novios el 2 de mayo y, apenas un mes después, él ya le había propuesto matrimonio con una tarjeta de casamiento donde escribió sus nombres. “Vamos a esperar un poco”, le respondió ella. En septiembre le dio el sí, y la boda se celebró el 31 de julio de 1971.
Juntos construyeron desde cero. Ella trabajaba en una inmobiliaria mientras él, que debió abandonar su carrera como marino porque ella no quería “vivir con una foto”, comenzó como cadete en una financiera. “Aunque le interesaba el mercado bursátil, aprendió el oficio hasta convertirse en agente de bolsa”, recuerda. Tuvieron dos hijos y se trasladaron al country Carmel en busca de una vida más tranquila.
Pero ese 27 de octubre de 2002, todo se derrumbó. María Marta fue hallada muerta en su dormitorio. La investigación que siguió transformó a Carrascosa en sospechoso número uno, a pesar de que múltiples indicios apuntaban en otra dirección. Su extraña conducta posterior, sus dudas sobre quién ingresó a la casa ese día y la falta de pruebas contundentes lo mantuvieron bajo sospecha durante años.
Con María Marta fallecida y él en la cárcel, la familia quedó deshecha. Sin embargo, Carrascosa nunca renunció a su reclamo. Extraña los retos de su mujer, sus características como mujer taurina con carácter fuerte y mucha energía. “Ella hizo todo lo posible para ayudar a los demás”, dice con admiración.
El cierre de una lucha sin fin
La condena de Pachelo en 2022 representó la validación de lo que Carrascosa siempre sostuvo: su inocencia. Ahora vive en Luján, alejado de los reflectores, pero no ha dejado de pensar en aquella mujer que lo acompañó por más de tres décadas. “Estoy seguro de que nos vamos a volver a encontrar”, afirma con una convicción que trasciende el plano terrenal.
A los 81 años, Carrascosa es testigo de cómo la justicia, aunque tardía, finalmente llegó. Su vida fue marcada por la acusación injusta, la cárcel y la larga espera por que se identificara al culpable. Hoy, con Pachelo condenado, puede decir que cumplió su promesa a María Marta. La ausencia sigue siendo profunda, pero la verdad ha prevalecido. En dos décadas de dolor, esa es su única certeza.



